La leyenda de Zaida

Inspirada en las leyendas Árabes del Castillo de Monteagudo recogidas por el periodista PEDRO DÍAZ CASSOU

Han pasado más de 850 años de esta historia de un amor imposible, y aún resuenan sus ecos  entre los habitantes más ancianos del lugar. Presente cuando alzamos nuestras miradas a la ventana del Castillo de Monteagudo, por la que se precipitaron al vacío la princesa Zaida y el cristiano D. Alonso de Guzmán.

Era la época de Ibn Mardanis. Los almohades amenazaban el territorio del rey Lobo; Mardanis formó un poderoso ejército mixto con mercenarios, los más intrépidos caballeros cristianos eran su vanguardia y de entre ellos destacaba uno: D. Alonso de Guzmán, conocido como “El Aragonés”, hombre de confianza de Mardanis y Alcaide del Castillo de Monteagudo.

Ilustración original de Pedro Hurtado

En una de las numerosas visitas a Monteagudo de la sobrina del Rey Lobo, la princesa Zaida, de educación exquisita, culta, inteligente y unida a todo esto de una belleza increíble, el Alcaide cristiano queda prendado de la joven doncella

Ella estaba comprometida por pactos políticos al hermano del rey nazarí de Granada, tutelado de Mardanis para instruirle en las artes de la guerra, arquitectura y política. La dote que Zaida aportaba a su posible matrimonio con el granadino era de una gran importancia, pues además de la entrega de importantes plazas militares, incluía unos documentos de gran valía para Mardanis, los planos de su residencia favorita: Qasr ibn sad, el Castellar de Monteagudo. cuyo pation se dice que inspiró la construcción del que hoy en día conocemos como Patio de los Leones de la Alhambra de Granada.

D. Alonso de Guzmán, amigo del joven nazarí prometido con la princesa, y Zaida desafiaron a los convencionalismos y tradiciones de la época para vivir su historia de amor clandestina bajo las ramas de un viejo olivo que delimitaba los jardines del Castellar. Decidieron huir, pero fueron prendidos y conducidos a una celda del Castillo de Monteagudo.

El Granadino, cegado por los celos y sed de venganza, acude al castillo a reponer su honor con quien le había traicionado su amistad, enzarzándose en una lucha en lo alto de la fortaleza en la que en un movimiento de improviso el granadino lanza al vacío desde la ventana del castillo de Monteagudo al Alcaide del mismo. La princesa, en un arrebato de desesperación y locura, sigue a su amado por el precipicio lanzándose desde aquella ventana para no ser entregada al nazarí y no compartir jamás su amor con nadie, cayendo ambos cuerpos a la profunda sima del castillo. 

Aquella noche, se mandó talar de raíz el viejo olivo que delimitaba los jardines del Castellar para que esta historia cayera en el olvido, pero corrió como la pólvora entre los reinos cristianos y cuando Monteagudo paso a manos cristianas, en el lugar donde se hallaba el viejo olivo testigo de aquel amor prohibido, pero verdadero, se erigió una cruz que perdura en Monteagudo hasta nuestros días.

Aún hoy, los enamorados se acercan hasta la cruz del collado de Monteagudo a depositar una vela y pedir por el amor verdadero en recuerdo de la princesa Zaida y el alcaide del castillo de Monteagudo.

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